Dirigir la plantación era algo que Genevieve eligió hacer personalmente, ella había decidido quedarse a su cargo, llevaba en su sangre al igual que su hermano el don de mando, y la sensación de poder la tenía fascinada desde que comenzó a ejercerlo.
Una mañana, mientras estaba enfrascada dándole órdenes al capataz y a los esclavos; Mauricio recorría la gran casona para irle conociendo todos sus vericuetos y rincones. Quizás era un deseo inconsciente de encontrar algún escondrijo que en caso de emergencia le sirviera de refugio. Le era inevitable eludir la sensación de persecución, que se le despierta a todo el que por algún motivo, comete un crimen.
Fue así que descubrió en un corredor que estaba cerca de la cocina, algo sospechoso en el suelo; una rendija se podía ver justo a un lado de una alfombrilla regtangular que estaba en el centro de aquel pequeño pasillo. Con mucho cuidado la levantó con la punta del pie, pudiéndose asegurar que se trataba de la tapa de un sótano como sospechaba. Sin titubear, se agachó para tratarla de abrir, y hundiendo sus dedos por una muezca que tenía para levantarla, haló fuertemente hacia arriba. La tapa estaba solamente presentada, por lo que no le costó mucho trabajo abrirla, y rápidamente descendió por una escalerilla de madera, ya que vio que había claridad adentro.
Al llegar abajo, recibió una gran sorpresa; una preciosa dama, curiosa y asustada, lo había observado bajar. La presencia de una mujer bella arrinconada allí, lo dejó alelado; era lo menos que él se hubiese esperado, y lo mismo le ocurrió a ella. Recibir aquel atractivo hombre de porte mediterráneo, era después de varios meses de encierro, lo único que jamás hubiese sospechado aparecer en su subterránea celda.
Atrapado ante la belleza y la sensualidad de esta misteriosa joven mujer que había encontrado como un hallazgo, no atinó ni a esbozar una simple pregunta. El descotado ropón de cama color celeste, con el que se cubría ligeramente para aliviarse del calor de aquel sitio, le aturdió los sentidos momentáneamente a Mauricio. Ella sin querer, descuidadamente mostraba su voluptuoso y provocativo semidecubierto pecho, sobre el que le caían tentadoras onduladas guedejas de su larga cabellera rojiza. Pronto se perca-tó que su desatendida compostura, había perturbado a este desconocido vi- sitante, y tomó su bata que estaba tirada sobre una butaca para echársela por encima. Su acción hizo que finalmente Mauricio se repusiera de este insólito encuentro y lograra balbucear un tímido pero emotivo saludo, mien-tras que nervioso trató de arreglarse su amplia camisa de hilo blanco.
-¡Buenos días! – dijo en tono galante y con ademán de reverencia.
-¡Hola!, ¿quién es usted? – inquirió ella desconfiada, apenas escuchó su voz.
- No se asuste, no vine a hacerle nada malo; es más, le aseguro que ignoraba tanto su existencia, como la de este sótano...Yo solamente bajé por simple curiosidad, al descubrir este sitio al pasar.
Dio todas estas explicaciones con el ánimo de ganarse la confianza de aquel ser que reflejaba un intenso miedo en su rostro. No obstante, para defenderse, ella lo atacó con una pregunta.
-¿Qué hace usted aquí?
-¡No tema!, ya le dije que no voy a hacerle daño – reiteró sus intenciones en tono sereno y ligero.
-¡Entonces!, ¿qué busca? – preguntó presionándolo con cierta impaciencia.
- Nada, nada en específico, pero por favor, tranquilícese, le aseguro que si baja la guardia, podremos hablar.
-¿Sobre qué? – indagó suspicaz.
- Bueno, por ejemplo... diríamos que sería interesante hablar sobre usted y sobre mí también, ¿por qué no? – le comentó tratando de calmar un poco sus evidentes temores, sonriéndole placenteramente.
Natalia decidió ponerse al frente de aquel diálogo, a pesar de sus dudas; mantenerse a la defensiva era una posición que la hacía sentir incómoda y reconsideró la intención de sus preguntas hacia aquel desconocido.
- Entonces, vamos a empezar por usted, a ver, ¿Qué hace en esta casa?... ¿o es que acaso vive aquí, para entrar en donde se le plazca?
- Pués sí, hace casi un mes que vivo en esta h