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El Fantasma de Gacha y mas Cuentos de los Tahkis

Zach Thomas

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This Book is Available Paperback (6x9)9780759663572 $ 10.95  
About the Book

Sobre El Libro

Gacha el jefe usa maneras crueles para mantener a su tribu de la forma que siempre nacen – como gemelos. El insiste: --Nunca serás feliz sino tienes a alguien parecido a ti.

Dos parejas de gemelos tropiezan con Rik y con su hermana Robi. Los dos habían nacido sin gemelos y vivían como ermitaños en la jungla. Juntos los seis jóvenes descubren que su amistad prospera debido a las diferencias entre ellos y no depende de tener a un amigo exactamente igual a sí mismo. Están deseando que llegue el día cuando la tribu entera abrace su descubrimiento – precisamente lo que Gacha prohibe.

Resueltos a salvar su sueño del enredo de la tanta costumbre, Rik y Robi y sus compañeros se aprovechan del significado secreto de una canción antigua y de un volcán en erupción. Con creatividad increíble, ellos burlan al capitán avaro de un crucero, domestican a un peludo cazador gigante y sobreviven al espíritu rebelde de una máscara espeluznante.

La serie de cinco aventuras en una isla tropical es para niños de ocho a doce años de edad y está ilustrada maravillosamente por Kristin Greenfelder.

Una Guía Para Discusión ayuda a los lectores y a los narradores a buscar en su propia experiencia ejemplos de los valores de los cuentos – la confianza en sí mismo en vez de ser conformista, la igualdad entre hombres y mujeres, y la valentía para crear una comunidad más sana.

About the Author

Sobre el Autor

Zach Thomas, anteriormente capellán de hospital en Charlotte, NC (EEUU), estudió tradiciones de salud en China, Tailandia, Centroamerica y otros paises. Escribió, Healing Touch: The Church’s Forgotten Language (El Toque de Sanación: El Lenguaje Olvidado de la Iglesia), 1994. Desde 1997 ha coordinado un program de cultivo y hierbas medicinales en Antigua, Guatemala, para familias pobres y sus niños con el proyecto, Familias de Esperanza (www.commonhope.org). Le gusta tocar tambores africanos y leer a los niños. Está casado con Sally, una capacitadora en relaciones humanas y la encargada de información del proyecto. Su hija, Leigh y esposo Cory, viven en Charlotte, NC, y tienen un hijo, Zacory Grayson Jones.

Sobre La Ilustradora

Kristin (Bean) Greenfelder es ilustradora y diseñadora en el negocio de bordado de su familia. Vive en Michigan y le gusta viajar, escuchar música acústica y visitar a sus sobrinos. Vea más ejemplos de su arte en www.illustratorforhire.com.

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Quinta Parte: La Máscara que Gemía

--Te diré algo, Bucho –ofreció Bop--. Vamos a pasar la noche en el ranchito de Moa. No creo que Moa coma. No creo que Moa hable. Es una máscara, nada más. Y quiero probártelo.

Bop, aunque sólo era un visitante en la isla, se había convencido de que por fin comprendía a Bucho. Básicamente a él le caía bien Bucho, pero estaba de acuerdo con la familia y los amigos que pensaban que Bucho era un poco frustrante a veces. Los constantes regaños de sus familia y amigos parecían hacer a Bucho aún más tímido. Bop estaba convencido de que si Bucho superaba sus miedos de niño, él podría desarrollar una personalidad apropriada para su edad.

El ofrecimiento hizo a Bucho temblar. Por otro lado, él sabía que las intenciones de Bop eran buenas. Con tal experiencia, sus amigos empezarían a tener más respeto por él. Bucho apretó los dientes y dijo: --Lo haré.

--¡Genial! –dijo Bop, agradablemente sorpredido.

Entonces, esa noche, ellos llevaron hacia el ranchito de Moa un par de petates y algunos bananos para merendar. Al entrar, ellos notaron que la apariencia de Moa había cambiado dramáticamente. Ya no era sólo una máscara en un palo. Alguien le había atado unos travesaños al palo y había puesto un chal alrededor para que parecieran los hombros de Moa. Además, un pedazo de tela colgaba de su cintura y estaba amarrado a la base del palo, haciendo a Moa parecer como si estuviera sentado, listo para recibir cualquier cosa que le trajeran.

Flores, conchas y otras ofrendas yacían esparcidas aquí y allá. Alguien había puesto una bandeja debajo de su mandíbula movible, supuestamente para que Moa pudiera comer sin tener que molestarse en lo más mínimo.

Bucho le dio la espalda a Moa, mientras él y Bop colocaban sus petates. Una pequeña antorcha ardía al lado del Moa, formando sombras de los colmillos de Moa sobre su rostro. Un vacío de obscuridad ocupaba el espacio detrás de los amplios huecos en los ojos de la calavera. Un pelo desordenado y eléctrico sobresalía por detrás del sombrero puesto en su cabeza.

Bucho se acostó junto a Bop, quien le dio la mitad de un banano que acababa de pelar. Bucho comió lentamente, sin decir nada y temblando de vez en cuando. En vez de comerse el último pedacito, se levantó, y reverentemente lo puso en la punta de la bandeja de Moa. Se acostó nuevamente en su lugar, respirando fuerte por el ritual que acababa de hacer.

--¡Ay, caramba! –pensó Bop--. Quizá Bucho nunca pueda cambiar sus niñeras. Tal vez, ésta no fue tan buena idea, después de todo.

Bop se recostó, descansando su cabeza en sus manos mientras observaba con atención a Moa. Realmente era una vista desagradable, tenía que admitirlo. En el teatro de su imaginación, él repasaba la escena de la mañana de los niños corriendo hacia sus padres para contarles de Moa. El recordó el sonido que ellos dijeron haber escuchado decir a Moa.

--¡M-o-o-a-a! ¡M-o-o-a-a!

De repente Bop se dio cuenta de que la escena y el sonido no provenían de su mente sino de la máscara frente él. Se sentó tan apresuradamente que accidentalmente pateó a Bucho en el trasero. El inesperado tumbo hizo que Bucho se sobresaltara y se enroscara como una pelota mientras cubría sus ojos con sus manos.

--¿Qué pasa? –se quejó Bucho.

--¡No mires, Bucho! ¡No ahora! –le advirtió Bop.

--¡M-o-o-a-a! ¡M-o-o-a-a! –gruñó Moa, mientras caía su quijada.

Bucho espió por debajo de su brazo justo a tiempo para ver el grotesco drama. Por entre los colmillos verde-amarillos se veía salir una peluda y negra lengua. Esta se abalanzó rápidamente como una serpiente al ataque y arrastró dentro de su boca, no el pedacito de banano que había dejado Buco, sino la desprevenida cucaracha que caminaba sobre éste. Entonces lentamente cerraba su boca: --¡M-o-o-a-a! ¡M-o-o-a-a!

Bucho se enderezó, gateó fuera del ranchito e empezó a correr y gritar con todas sus fuerzas.

Bop corrió detrás de él: --¡Espera, Bucho! ¡Espera!


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