Dr. Mike Bingham
Esta historia real cuenta cómo, veinte años después que las tropas inglesas murieran para defender la democracia en la Guerra de Malvinas, un ciudadano británico se vería forzado a huir de las Islas Malvinas, para escapar de la corrupción política y amenazas de muerte, en búsqueda de democracia y libertad de expresión en Argentina.
Cuando un biólogo inglés se atrevió a relacionar la muerte de cinco millones de pingüinos por falta de alimento, con la pesca comercial, que estaba enriqueciendo al sector más poderoso de las Islas Malvinas, se desató un juego de muerte del gato y el ratón. Los intentos fallidos de deportar, mandar a la cárcel y matar a Bingham, llevaron al Gobierno de las Islas Malvinas a la Suprema Corte; ésta dictaminó que el Gobernador, el Fiscal de la Corona, el Primer Mandatario y el Concejo Directivo habían cometido actos abusivos de los derechos humanos y que eran moral e inconstitucionalmente indefendibles.
Cuando el Gobierno de las Islas Malvinas declaró que no iban a detenerse por un fallo de la Suprema Corte, Bingham se vio obligado a buscar seguridad y libertad de expresión en Argentina.
Mike Binghan ha trabajado para los Gobiernos de Estados Unidos, Británico, Chileno y Argentino, colaborando con la preservación de la fauna en peligro de extinción. En 1993, Bingham fue designado Oficial de Conservación por el Gobierno de las Islas Malvinas, enredándolo en una lucha salvaje contra los ambiciosos oficiales del gobierno, que no se detendrían ante nada, para proteger los intereses financieros de la pesca comercial y la exploración del petróleo.
Cuando el estudio de Bingham sobre los pingüinos, reveló descensos masivos de población, como resultado de la pesca indiscriminada, le ofrecieron un gran aumento en sus remuneraciones, para tapar sus hallazgos. Ante su negativa, fue despedido del puesto de Oficial de Conservación y se vio forzado a continuar la investigación, solventada con sus propios recursos. Pero el trabajo de Bingham demostró tener un nivel científico de tal magnitud, que obtuvo el respaldo económico de los gobiernos de Gran Bretaña, Chile y Argentina, y así nació la primera organización de conservación independiente de las Islas Malvinas.
Cuando comenzó la exploración del petróleo en las Islas Malvinas, Mike Bingham condujo una protesta en defensa de los cientos de pingüinos que morían, por la contaminación del petróleo. Los oficiales del gobierno entendieron que Mike representaba una amenaza para su futuro enriquecimiento, y comenzaron una espantosa campaña para echarlo.
El hecho de descubrir armas de fuego colocadas bajo su cama, justo antes de un allanamiento policial, fue el primero de muchos escapes afortunados para Bingham, así como varios intentos fallidos de inculparlo injustamente, deportarlo y matarlo. Cuando finalmente esta corrupción fue expuesta en la prensa mundial, Bingham descubrió que su familia era el blanco de una represalia maliciosa, que los obligó a marcharse de las Islas. Bingham demandó al Gobierno de las Islas Malvinas ante la Suprema Corte, que declaró que el Gobernador, el Fiscal de la Corona, el Primer Mandatario y el Concejo Directivo habían cometido actos de abuso de los derechos humanos, que eran moralmente y constitucionalmente indefendibles.
Luchando contra su enfermedad y tragedia personal, como marco de fondo, Bingham puso a la vista del mundo la muerte de cinco millones de pingüinos, el alto nivel de corrupción del gobierno y el abuso de los derechos humanos; pero a un costo personal demasiado alto. Cuando el Gobierno de las Islas Malvinas, anunció ante el público, que no se iban a detener por un fallo de la Suprema Corte, Bingham se vio obligado a buscar seguridad en Argentina.
Es irónico que después de veinte años que las tropas británicas murieran por la democracia en la Guerra de Malvinas, un ciudadano inglés se viera obligado a huir de las Islas, para escapar de la corrupción política y amenazas de muerte, en búsqueda de democracia y libertad de expresión en Argentina.
En el campo internacional, el Gobierno de las Islas Malvinas también fue golpeado. A pesar de los intentos de los gobiernos de Malvinas y Gran Bretaña, para evitar que la prensa británica publicara la historia, el caso estuvo en primera plana, desde Londres hasta Buenos Aires. “El Magallanes” y “El Mercurio” (ambos de Chile) y “The Buenos Aires Herald” (Argentina) todos condenaron a las Malvinas por corrupción, abuso de los derechos humanos y por la muerte de cinco millones de pingüinos como resultado de la codicia política. Las Malvinas estuvieron expuestas en primer lugar, por la avidez política y la corrupción, una tierra donde los poderosos forraban sus bolsillos con el dinero que entraba de la pesca comercial, mientras que los pingüinos se morían de hambre. Ya no existía más el pedestal de superioridad moral, desde el que las Malvinas había mirado con desprecio, durante tantos años, a sus vecinos sudamericanos. Ahora, la Suprema Corte de Justicia declaraba oficialmente, que Malvinas había incurrido en corrupción y violación de los derechos humanos, en un intento por cubrir el daño que la pesca comercial le estaba haciendo a las poblaciones de pingüinos.
Como yo había ganado el juicio, la Suprema Corte ordenó que el gobierno de las Islas Malvinas pagara todas mis costas judiciales, además de las propias y los gastos de tribunales. En total, a los contribuyentes de las Islas Malvinas, les costó más de £65.000 (US$ 100.000), para que un puñado de políticos defendiera su accionar, el que la Justicia había calificado de ‘indefendible’. Yo no tuve que pagar ni un centavo.
Me llovían las cartas de adhesión. Los diarios malvinenses publicaban cartas de apoyo de toda la gente de las Islas; pero eso no fue nada, comparado con la cantidad de cartas por correo electrónico o simple correspondencia, que recibí de gente de todo el mundo, felicitándome por defender a los pingüinos, y por resistir a las violaciones de los derechos humanos en las islas. Un sin número de periodistas me ofrecieron dinero para comprar los derechos de mi historia, y me enviaron donaciones para colaborar con mi trabajo de los pingüinos. También me enteré que me iban a incluir en la publicación altamente prestigiosa “Who’s Who”, como reconocimiento a mi labor por salvar a los pingüinos de las Malvinas.
El Concejal Mike Summers había dejado bien en claro, en la Asamblea Pública, que el Régimen de las Malvinas no iba a permitir que “ningún juez” alterara sus planes de detener mi trabajo en las Malvinas, de una manera u otra. Semejante arrogancia y desprecio hacia el Presidente del Tribunal y la Suprema Corte, no me dejaba ninguna duda que si volvía a las Islas, significaría arriesgar mucho mi integridad personal. Aquellos que estaban expuestos por corrupción, querían revancha y, desde el momento que la determinación de la Suprema Corte no los había detenido, era difícil imaginar que así lo hicieran. Tarde o temprano, se iba a acabar mi suerte, y ellos saldrían victoriosos al acusarme injustamente por algo realmente serio, donde no pudiera probar mi inocencia.
Como contraste, los gobiernos de Gran Bretaña, Chile y Argentina me estaban apoyando para estudiar y proteger a los pingüinos de Chile y Argentina. En realidad, el gobierno británico me había ofrecido más de £30.000 para lanzar un programa de estudio de pingüinos, a largo plazo en América del Sur. Ante las alternativas de enfrentar una encarcelación fortuita, por los agentes de un gobierno corrupto en las Malvinas, o trabajar con el apoyo de tres gobiernos en América del Sur, la elección era fácil de tomar.
Para ese entonces, ya estaba cansado de vivir perseguido, continuamente revolviendo mi casa, en búsqueda de alguna prueba falsa que la Policía hubiera puesto en mi hogar y de no poder tener una compañía, por temor a lo que pudiera sufrir por mi culpa. Trabajar en Chile y Argentina era un regocijo. Ambos países tenían una preocupación genuina por la protección de la fauna, sin deseo alguno de poner ninguna pantalla, para demostrar que se estaba haciendo algo, como en las Malvinas. Esto era evidente por las respuestas a favor, que surgieron a raíz del pedido de estudio, formulado desde el exterior.
Mientas el Régimen de las Malvinas trataba de acusar, deportar y hasta amenazar de muerte a alguien que conducía una investigación independiente del manejo que tenían del medio ambiente, los gobiernos de Chile y Argentina, recibían abiertamente dicho escrutinio. Sus esfuerzos por la conservación eran reales. No tenían nada que ocultar y esperaban beneficiarse a través de la investigación del exterior, para poder mejorar el trabajo que ellos estaban realizando.